(Fotografía cedida modificada)
Al filósofo y escritor británico Roger Scruton (1944-2020) se le atribuye la paternidad del concepto “oikofobia” aplicado a lo político-cultural. Trató así de condensar las ideas del no menos genial George Orwell (1903-1950) sobre el “nacionalismo negativo” o “nacionalismo transferido”. ‘Tras la identidad‘ tiene la oportunidad de hablar de “oikofobia” con el intelectual sueco-estadounidense Benedict Beckeld (Uppsala, 1980), clasicista cuyas ideas sobre el mundo clásico conectan con aquello que llamamos ‘woke‘.
En esta entrevista, Beckeld habla de las circunstancias que dan lugar a este “autoodio”, del que ya nos habló Alejo Schapire cuando ‘Tras la identidad’ daba sus primeros pasos. Seguridad, bienestar y quizá un contacto naïf con otras culturas son algunos “hitos” que hay que alcanzar para que la oikofobia aparezca en una civilización. A su entender, Occidente sufre una forma extrema de este fenómeno a través de lo ‘woke‘. La “oikofobia”, según defiende Beckeld en su libro ‘Western Self-Contempt: Oikophobia in the Decline of Civilizations’ o “El autodesprecio occidental: la oikofobia en el declive de las civilizaciones”, publicado en 2022 por la Northern Illinois University Press, es típica de las civilizaciones en declive.
Ese volumen, según el propio Scruton, que lo recomendó antes de morir, es “un análisis convincente y redactado con claridad sobre un fenómeno que todos debemos comprender si queremos afrontar el futuro con confianza”.
¿Hasta qué punto ofrece su libro sobre la oikofobia una respuesta a la pregunta de qué es este fenómeno que llamamos “justicia social crítica”, “woke”, “wokismo”, “síntesis identitaria”, “socialismo cultural” o “ideología de la justicia social”?
El libro sobre la oikofobia adopta una perspectiva más amplia del fenómeno. Vemos que este tipo de autodesprecio y rechazo, de repudio de la propia cultura, adopta diferentes formas. Y yo, como hablo en el libro de algunos de los distintos detalles en varias civilizaciones, demuestro que vemos que esto aparece ya en tiempos antiguos. Así que, sobre la relación entre la oikofobia y lo ‘woke‘ -o la corrección política, aunque supongo que ahora ‘woke‘ es el término más habitual para este tipo de corrección política extrema y autorrepudio-, diría que el ‘wokismo’ es simplemente la última iteración de la oikofobia. Es la forma más moderna de oikofobia.
“El ‘wokismo’ es una forma más extrema y más moderna de oikofobia”
Vemos rastros de este tipo de ‘wokismo’ en formas anteriores de oikofobia, aunque las formas anteriores fueran diferentes. Así, por ejemplo, lo vemos en este tipo de androginia actual donde un hombre puede convertirse en mujer, una mujer puede convertirse en hombre y demás. Esto es ahora más amplio de lo que era en épocas pasadas. Pero vemos incluso en épocas pasadas que la oikofobia sí implica cierto grado de androginia o de estar en el que el límite o la frontera entre los sexos. Y así, aunque no llamaríamos ‘wokismo‘ a lo que ocurrió en el pasado, aun así podríamos ver que algunos de los ingredientes del ‘wokismo’ actual han aparecido también, al menos de alguna forma, en el pasado.
Otro ejemplo sería el ‘wokismo‘ en términos de este tipo de racismo inverso, en el que las personas blancas odian la blancura y piensan que otras etnias son superiores. De nuevo, no vemos exactamente lo mismo, pero podemos ver un ingrediente de ello cuando, por ejemplo, a mediados del siglo XVIII, en Francia, algunos de los intelectuales franceses hablan de otras tribus y culturas extranjeras que conocen muy poco, pero de las que hablan muy bien. Hablan muy favorablemente de esas culturas mientras degradan su propia civilización europea. En resumen, el ‘wokismo’ es una forma más extrema y más moderna de oikofobia
Usted es clasicista y rastrea el comienzo mismo de este fenómeno de la oikofobia en la civilización griega. ¿No es así?
La aparición más temprana que vemos ahora de este tipo de fenómeno en Occidente es en la antigua Grecia. Acabo de hablar de diferentes etnias y demás: eso no ocurre tanto en la antigua Grecia porque realmente sólo conocen su propia etnia. Mejor dicho, conocen a los persas. Y saben un poco de los africanos y demás. Esto se ve en cierto arte de la antigua Grecia. Y Homero menciona Etiopía y demás. Así que saben que existen otras civilizaciones. Pero el griego medio nunca conoció a nadie de una parte del mundo muy diferente.
(Portada del libro sobre la oikofobia de Benedict Beckeld, Ed. Northern Illinios University Press)
Así que esa parte no es tan fuerte en la antigua Grecia. Más bien, allí estamos hablando más de una ridiculización, de un rechazo de sus propios dioses, de un rechazo de su propia religión griega. Y estamos hablando también de una degradación de su propia cultura frente a culturas no muy extranjeras, porque no las conocen tan bien, pero, por ejemplo, de una exaltación de la cultura lidia o de la cultura persa, que al menos están bastante cerca. Vemos esto realmente en los primeros tiempos, en el siglo VI a. C.; lo vemos más, en realidad, en Jonia, lo que hoy es el oeste de Turquía, porque ahí es donde el mundo griego entra en contacto con los lidios, los persas y otras civilizaciones. Mientras que en el continente, en lo que hoy es propiamente Grecia, este desarrollo no ocurre hasta más tarde, a finales del siglo V y principios del IV a. C., cuando, por así decirlo, se ponen culturalmente al día con las influencias extranjeras.
Hemos alcanzado las circunstancias que son necesarias para que se produzca la oikofobia
Y en el continente, en Atenas, vemos este tipo de influencia especialmente en la generación posterior a Sócrates. El propio Sócrates, obviamente, cuestiona de forma muy famosa ciertas costumbres morales típicamente griegas. Después de él, entre sus discípulos, vemos cómo este tipo de cosas se desarrolla. Se pueden mencionar algunos nombres: Alcidamante, Antifonte de Atenas o Diógenes el cínico. Hay varios nombres que podrían mencionarse.
Usted dice que ahora vivimos en tiempos oikofóbicos. ¿Por qué?
Porque hemos alcanzado las circunstancias que son necesarias para que se produzca la oikofobia. Así que la oikofobia aparece en una sociedad cuando esta ha alcanzado ciertos hitos. Los griegos fueron los primeros en alcanzar esto en Occidente, así que por eso fueron también los primeros en tenerla, aunque no alcanzaron esos hitos en la misma medida que nosotros. Nosotros tenemos todavía más de esas circunstancias que los griegos, que los romanos, que los franceses del siglo XVIII y demás.
La oikofobia puede surgir porque uno empieza a centrarse más en sus propios defectos. Uno empieza a mirar más hacia dentro, hacia su propia sociedad, en lugar de mirar hacia fuera y al enemigo externo que está a punto de invadir
Por eso tenemos todavía más oikofobia. Pero algunos de esos hitos o algunas de esas circunstancias tienen que alcanzarse para que surja la oikofobia, al menos para que surja de una manera significativa y masiva. Por ejemplo, la seguridad frente a enemigos externos. También hace falta un cierto grado de riqueza y seguridad. Y también un cierto grado de igualitarismo; no tiene que ser una democracia plena. No tenían democracia en la Francia de mediados del siglo XVIII. Vivían bajo un gobernante absoluto, Luis XV. Pero aun así tenían un espacio intelectual bastante abierto para reunirse e intercambiar ideas, criticar y demás. La censura del Estado no se utilizaba de una manera muy dura, ciertamente si la comparamos con los totalitarismos del siglo XX, Stalin y Hitler y gente así; no había nada parecido.
La gente todavía podía hablar y debatir y demás. Así que eso también forma parte de lo que es necesario, porque tenemos estas circunstancias en las que, o una vez que estas circunstancias están presentes, la oikofobia puede surgir porque uno empieza a centrarse más en sus propios defectos. Uno empieza a mirar más hacia dentro, hacia su propia sociedad, en lugar de mirar hacia fuera y al enemigo externo que está a punto de invadir, porque ya ha sido derrotado. Así que ya no es realmente relevante. Por eso tenemos oikofobia hoy. Y eso realmente empezó, se podían ver algunos indicios en Europa. Aquí, en Estados Unidos, donde estoy yo, empieza antes. Se podían ver algunos indicios en la década de 1950. Pero como fenómeno de masas, realmente empieza a finales de los años sesenta y después en los setenta.
¿Dónde empieza la oikofobia y dónde empieza la autocrítica? Me refiero al tipo de crítica que nos permite reconocer errores e intentar corregirlos.
Siempre decepciono un poco a la gente diciendo que no hay una línea exacta en la que se pueda decir: bien, de este lado está la buena autocrítica y de ese lado está la mala oikofobia. Es un poco subjetivo dónde se traza la línea. Pero, por supuesto, estoy de acuerdo al cien por cien en que ser capaz de reconocer los propios errores y aprender incluso de otras culturas puede ser algo muy útil. Los romanos -y hablo un poco de eso en el libro-, eran muy buenos aprendiendo de sus propios errores e incorporando tecnologías y formas de pensar de los pueblos circundantes a los que conquistaban. Y eso es, de hecho, parte de lo que les ayudó a convertirse en un gran imperio. Así que eso es ciertamente verdad. Pero cambia de una buena y saludable autocrítica a oikofobia cuando estas circunstancias están presentes en mayor grado.
Hay un ejemplo, el de Alemania, donde se puede ver que se criticó, tras la Segunda Guerra Mundial, el comportamiento alemán durante esa guerra y donde se quiso purgar a los nazis de los altos cargos del Gobierno y demás. Es un buen ejemplo de una autocrítica muy buena e importante.
Básicamente, mientras tienes un enemigo externo contra el que luchar, aprendes de él porque quieres derrotarlo. Así que eso es una especie de, podríamos decir, una suerte de humildad intelectual al aprender de otra persona, pero lo haces para vencerla, para elevarte a ti mismo. Una vez que has derrotado a todos los enemigos externos y ya no queda nadie que te amenace, entonces, realmente, el aprendizaje se convierte en un proceso de autoataque más que de autocrítica. Ahora bien, podríamos decir que, ya que he mencionado Roma, cuando los generales romanos aprendían de la estrategia militar cartaginesa, eso es algo que ayuda a Roma. Y muestra cierta humildad intelectual por su parte. Y también es algo necesario para derrotar a Cartago.
Luego, 300 años después, tienes a Tácito escribiendo con disgusto sobre los baños romanos y los pórticos romanos, y diciendo que los germanos son tan nobles, que las tribus germánicas son tan nobles y auténticas, y que nosotros, los romanos, somos decadentes y repugnantes y demás: eso es oikofobia. Así que dónde exactamente, entre esos dos polos, se traza la línea, es difícil de decir. Es subjetivo. Incluso podríamos mirar a Tácito y decir que quizá tenía razón en ciertas cosas. Así que la cuestión no es exactamente si estamos de acuerdo con algo o no, sino más bien que vemos que existe este desarrollo que siempre tiene lugar. Nos movemos de un extremo cada vez más hacia el otro extremo. Ahora bien, dónde exactamente durante ese desarrollo un individuo concreto trazará la línea, eso es más subjetivo, pero sí vemos ese desarrollo inequívocamente en varias civilizaciones.
El Orientalismo de Said y con el poscolonialismo en general cometen el mismo error por el que critican a los demás.
Debería mencionar que hoy en día hay un ejemplo, el de Alemania, donde se puede ver que se criticó, tras la Segunda Guerra Mundial, el comportamiento alemán durante esa guerra y donde se quiso purgar a los nazis de los altos cargos del Gobierno y demás. Es un buen ejemplo de una autocrítica muy buena e importante. Pero luego tienes el otro extremo, que es que si piensas que quizá Alemania debería restringir solo un poco la inmigración procedente de países islámicos, solo un poquito, entonces eres un racista y una persona horrible. Ese es el otro extremo.
En Occidente tenemos una autocrítica sin freno. Hay mucho activismo, aunque no solo activismo, muy crítico con Occidente debido, por ejemplo, a la historia colonial. En este contexto existe incluso algo llamado teoría poscolonial. ¿Qué importancia tiene este fenómeno, según usted?
Mi principal problema con el poscolonialismo es que es trivial. Lo que quiero decir con esto es que alguien como Edward Said -y, por supuesto, no es el único, pero sin duda es el más influyente- dice muchas cosas que en realidad son bastante ciertas. Sólo que son tan obviamente ciertas que no hay nada interesante en ellas. Pero si dices cosas que son obviamente ciertas, pero que son críticas con la civilización occidental, por supuesto te harás famoso en el mundo académico y conseguirás una cátedra y un puesto permanente y demás. Porque, si tomamos a Edward Said, en su Orientalismo, por ejemplo, habla mucho de cómo los europeos, y después los estadounidenses, veían al oriental como una especie de otro, y consideraban que su propio grupo era superior, y construyeron en sus mentes una especie de imagen de lo que significaba ser un oriental, esta especie de conversión de otra civilización en “el otro”.
Se podría trazar básicamente una línea desde Marx y esta idea de la explotación, pasando por la Escuela de Fráncfort, y después por los teóricos posmodernos franceses de los años cincuenta, sesenta y también setenta, hasta llegar al poscolonialismo.
La respuesta a eso, por supuesto, es que todos los grupos hacen esto. Cuando observas a los llamados orientales, ellos siempre han tenido su imagen de lo que significaba ser occidental. Esto es tan trivialmente cierto. Y lo que hacen también muchos intelectuales poscoloniales es que, al criticar a los occidentales por ser así, al criticar a los occidentales por tener esta visión tan monolítica de lo que significa Oriente, ellos mismos cometen precisamente el mismo error que están criticando en los occidentales. Así que, básicamente, son hipócritas, pero sin darse cuenta.
Quizá sólo un ejemplo que mencionaré: los oficiales coloniales británicos en Egipto. Cuando era una colonia británica: para ellos, un egipcio era simplemente un oriental. Así que era clasificado como oriental y, por tanto, no había necesidad de entenderlo más. Said afirma esto sin darse cuenta de que una de las razones por las que los británicos prestaban atención especial a Egipto era que Egipto, de hecho, para muchos británicos, para muchos europeos, no era simplemente un lugar oriental, sino que Egipto ha desempeñado en realidad un papel muy especial en la conciencia occidental durante mucho tiempo.
(El libro de Edward Said, ‘Orientalism’, editado por Penguin Modern Classics; su primera edición es de 1978)
Esa era una época en la que la gente, cuando se pertenecía a la aristocracia y demás en Occidente, era educada en griego y latín, un conocimiento que, por supuesto, casi se ha perdido hoy. Pero si estás educado en los clásicos occidentales, sabes que Egipto ocupa un lugar muy especial. Platón escribe sobre Egipto en su obra y sobre cómo aprendió ciertas cosas de los egipcios. La Biblioteca de Alejandría fue fundamental y toda la civilización helenística, centrada en Egipto, fue fundamental para gran parte de la cultura occidental posterior.
El propio Edward Said no se toma la molestia de comprender los matices de las actitudes occidentales hacia Oriente y simplemente etiqueta todo, a través de sus ojos, como “lo oriental”, sin comprender los matices
Así que el propio Edward Said no se toma la molestia de comprender los matices de las actitudes occidentales hacia Oriente y simplemente etiqueta todo, a través de sus ojos, como “lo oriental”, sin comprender los matices. Y así, Said comete el mismo error tanto hacia los occidentales, al pensar que todos son así. Porque al hablar de Oriente de esta manera, él mismo toma Oriente y le pone una sola etiqueta y dice: esto es Oriente en sí mismo sin comprender los matices que de hecho existen entre Egipto y Siria. Digo esos países por no mencionar India y China, por supuesto, que son una historia completamente distinta. Estos son básicamente mis dos principales problemas con el Orientalismo de Said y con el poscolonialismo en general: que cometen el error por el que critican a los demás. Y también que, cuando dicen algo que es cierto, es tan obviamente cierto que apenas merece la pena señalarlo.
Said bebe mucho del marxismo, y Marx de Hegel. ¿Cuánta oikofobia ve usted en estas otras figuras influyentes en el pensamiento occidental contemporáneo?
Su pregunta nos lleva a esta idea de la iteración moderna de la oikofobia, ya que, obviamente, las iteraciones anteriores no pudieron haber estado influidas por estos autores. Cuando se trata de Marx, sí, quiero decir, como usted dice, Said habla abiertamente de esto. También bebe mucho de Foucault. A Foucault le gustaba negar la influencia marxista, pero es marxista en varios sentidos, creo que es justo decirlo. De Hegel, probablemente diría que Hegel es al menos una influencia menos directa.
La oikofobia tiene efectos reales tanto en la política como en la cultura
Si nos centramos en Marx, él, por supuesto, está muy obsesionado con las ideas, con las relaciones de poder. No siempre utiliza este tipo de lenguaje, que aparece después más en el posmodernismo francés, esta obsesión con el poder, una especie de voluntad de otorgar al poder su propio estatus ontológico. Está muy obsesionado con la explotación, quizá esa sea una palabra mejor, y con el abuso de los más débiles por parte de los más poderosos. Ahora bien, lo interesante, si se hablara de la relación entre Marx y Said y algunos de los poscolonialistas, es que el propio Marx, en realidad, estaba muy a favor de la explotación de los pueblos coloniales porque consideraba que eso aceleraría también el proceso de revolución comunista en esos países con colonias.
Así que Marx, en realidad, no habría sido amigo, creo, de alguien como Said, al menos no a corto plazo. Quizá a largo plazo podría decir que tienen el mismo objetivo último. Pero, en cualquier caso, creo que se podría trazar básicamente una línea desde Marx y esta idea de la explotación, pasando por la Escuela de Fráncfort, y después por los teóricos posmodernos franceses de los años cincuenta, sesenta y también setenta, hasta llegar al poscolonialismo. Y decir que lo que tienen en común es la idea de explotación y la idea de una opresión excesiva de otros pueblos. Ahora bien, Marx, por supuesto, tiene como principal preocupación la explotación dentro de su propia sociedad.
Pero la cuestión es que, una vez que las clases bajas, las clases explotadas, una vez que su situación ha mejorado y ya no están tan explotadas como antes. Creo que es justo decir que si eras un trabajador de clase baja en la Inglaterra de la década de 1830, sí, no tenías una vida muy buena; eso es así. Pero como su situación mejoró posteriormente, entonces el objetivo de estos pensadores pasó a ser centrarse en los oprimidos de otros países y de Oriente. Y así, básicamente, los pueblos de Oriente se convirtieron en los nuevos trabajadores, básicamente, o pasaron a ocupar el lugar que habían ocupado las clases bajas en la propia civilización.
¿Cómo de instaladas están las ideas oikofóbicas en nuestras instituciones?
La oikofobia tiene efectos reales tanto en la política como en la cultura. Y se ve en diferentes tipos de instituciones. Si hablamos de instituciones educativas e instituciones políticas, la vemos en todas partes. Así que supongo que quizá esos son los dos tipos de instituciones más importantes. Si hablamos de instituciones educativas, la vemos en el sentido de que, bueno, en la educación superior, casi todos los profesores de las universidades son de izquierdas, y algo que podría describirse como oikofóbicos. Esa es parte de la razón por la que me resultó muy difícil conseguir que publicaran mi libro. Porque muchas de las personas que, ya sabe, estaban en el consejo editorial y tenían que votar sobre él y demás podían verlo como una acusación contra ellos mismos. Pero al final fue publicado. Así que hay esperanza. Y no lo digo sólo por mí. Obviamente también hay otras cosas buenas.
Que la inmigración sea ahora irrestricta en algunos países europeos y también aquí en Estados Unidos ha generado ahora una reacción
Si hablamos de la enseñanza en niveles inferiores, de las escuelas normales para niños, lo vemos en el sentido de que, quiero decir, muchos, la mayoría de los niños, cuando salen de la escuela, tienen este tipo de, no voy a decir que tiendan a ser directamente oikófobos, pero tienen esta sensación general de que Occidente ha sido brutal y demás. Y tienden a tener una preocupación exagerada por el bienestar de otras culturas de las que normalmente saben muy poco, porque eso es algo que les inculcan profesores de la escuela pública de izquierdas, oikofóbicos y medianamente formados. Y ahora esto variará un poco de un país a otro, pero lo que acabo de describir creo que es definitivamente cierto en la abrumadora mayoría de los países occidentales en este momento.
Y cuando se trata de instituciones políticas, lo vemos en parte en el sentido de que la oikofobia no es simplemente algún malestar cultural, sino que tiene consecuencias políticas reales, un efecto real sobre las vidas de la gente corriente. Por supuesto, que la inmigración sea ahora irrestricta en algunos países europeos y también aquí en Estados Unidos, ha generado ahora una reacción. Se ha visto en Suecia, en Alemania, concretamente en Sajonia-Anhalt. Así que hay una reacción, no hay duda, sin olvidar el Reino Unido, con el auge de Reform.
Es posible decir que no queremos el Islam en Europa y que es incompatible con Europa. Es posible decir eso sin convertirse en racista y decir que otras razas son inferiores.
También se ve en el hecho de que las poblaciones se estén volviendo cada vez más extranjeras e islámicas. Y el hecho de que, debido a esto, esto también afecte después a la geopolítica. La afecta de dos maneras, en parte porque los líderes de muchos de estos países son ellos mismos oikófobos. Y en segundo lugar, incluso cuando ellos mismos no son oikófobos, saben que muchos de estos extranjeros a los que han invitado a su país procedentes de países islámicos y de otros países exóticos no tienen necesariamente sentimientos oikofóbicos ellos mismos, y atenderán determinadas políticas debido a ese bloque de votantes. Un ejemplo perfecto ahora, por supuesto, fuera del Reino Unido, donde Ed Miliband dijo que van a empezar a boicotear empresas en Judea y Samaria. Si él mismo es oikófobo, no lo sé. Pero podría decirse que es, por supuesto, una expresión del deseo político de apaciguar a un grupo concreto dentro del electorado. Y hay ejemplos más dramáticos. Por ejemplo, quiero decir, en Alemania, toda la transformación de muchas comunidades alemanas. Yo mismo viví en Alemania durante cinco años. Así que esto es algo, un proceso que también vi desarrollarse de primera mano.
¿Procesos como la Revolución Cultural en China o las consecuencias culturales y religiosas que implicó la Unión Soviética fueron procesos oikofóbicos?
Sí y no. Diría que no fue “oikofobia” pura. Pero contenía elementos oikofóbicos. Ciertamente fueron oikofóbicas en el sentido de que rechazaron gran parte de la tradición de su propia cultura tradicional y de su historia y demás. No hay duda de eso. Pero lo hicieron, según lo percibían al menos los perpetradores de estas revoluciones, para fortalecer sus propios países, según lo percibían. Lo hicieron para hacer que su propio país fuera superior a los países extranjeros de una manera diferente.
En al menos algunas de estas sociedades de las que estamos hablando la violencia formará parte de la solución, algo que no es lo que yo quiero
En ese sentido, en realidad eran más similares a algo como la Restauración Meiji en Japón en la década de 1860 porque, sí, ellos también rechazaron gran parte de la cultura tradicional japonesa, la cultura samurái y demás, pero no lo hicieron porque quisieran que China fuera superior a Japón o porque quisieran que Japón fuera insignificante en el escenario mundial. Al contrario, lo hicieron porque consideraban que esa era la manera de fortalecer Japón y de hacer que Japón fuera más superior, de una manera diferente, a otros países. Así que el objetivo último no era oikofóbico. Pero para alcanzar ese objetivo, había que poner en práctica ciertas medidas oikofóbicas.
Y esto es algo típico que ocurre a menudo en Oriente, porque Oriente y los países orientales, porque tienen un complejo de inferioridad frente a Occidente. Incluso, si volvemos otra vez a Rusia, piense en Pedro el Grande: occidentalizó mucho Rusia, lo que también podría decirse que incluía algunos elementos oikofóbicos, en el sentido de que quería suprimir ciertas costumbres rusas y tradiciones rusas. Pero, de nuevo, lo hizo porque quería fortalecer Rusia. Quería que Rusia derrotara a Suecia y se volviera tan poderosa como Francia y demás. Cuando se trata de la oikofobia oriental, existe esta especie de fenómeno mixto, diría yo.
Hay una reacción a las políticas oikofóbicas, dice usted. Pero: ¿es demasiado tarde para una reacción en unos tiempos que usted califica de oikofóbicos y que son típicos de sociedades en declive?
No creo que sea demasiado tarde. La gente a menudo me llama pesimista. Tengo una visión bastante oscura de las cosas, supongo que se podría decir, pero no soy pesimista. No creo que sea demasiado tarde. Depende un poco del país. Y esta es, de hecho, la razón por la que creo que lo que está ocurriendo ahora mismo en Inglaterra es bastante interesante. Porque en el Reino Unido, la situación se ha vuelto tan mala que eso también significa que hay una reacción mayor. Allí se ven más cosas moviéndose. Hay más cosas ocurriendo en el Reino Unido que, por ejemplo, en Francia. Y, por supuesto, Alemania también es interesante. Así que no creo que sea demasiado tarde. Lo que sí diré, y eso quizá sea un poco más oscuro, es que creo que, en al menos algunas de estas sociedades de las que estamos hablando, la violencia formará parte de la solución, algo que no es lo que yo quiero, obviamente.
Hay elementos de la contrarreacción nacionalista que no me gustan
No estoy defendiendo la violencia, pero sí creo que, por ejemplo, si hubiera que cambiar la tendencia en un lugar como Francia, que tiene un elemento islámico tan fuerte, no creo que los franceses pudieran hacerlo sin que hubiera violencia, por desgracia. Así que, para algunos países, no creo que sea demasiado tarde para ocuparse de ello de forma pacífica y democrática. Pero para algunos países, no es demasiado tarde para cambiar, pero sí es demasiado tarde para cambiar sin violencia, diría. Depende de qué país estemos hablando.
También creo que, y esta es otra tendencia, se ha visto cómo los acontecimientos en un país europeo afectan a otro, que si empieza a haber este tipo de reacción muy fuerte y quizá incluso violenta en un país, eso podría inspirar, podría conducir a este tipo de contrarrevoluciones en otros países también. Eso es algo que ha ocurrido antes, cómo una revolución desencadena una revolución en otro país europeo. Soy más optimista respecto a Estados Unidos porque sin duda tenemos nuestros problemas, pero aquí no se ha llegado tan lejos como en Europa. Pero, así que no, nunca diría que no deberíamos intentar frenar la tendencia.
¿Existe una derecha oikofóbica? Se lo pregunto en el contexto de una derecha woke o una derecha posliberal cada vez más influyente, por citar términos que ya hemos encontrado en nuestras entrevistas.
Sí. Y también me preocupa. Cuando tienes este tipo de contrarreacción, y quiero decir, usted mencionó antes a Hegel, y quizá esto vaya a sonar un poco hegeliano, hay una contrarreacción, luego esa contrarreacción va demasiado lejos y entonces necesitas la corrección desde el otro lado, y de alguna manera se desarrolla esa dinámica. Así que sí, definitivamente hay elementos de la contrarreacción nacionalista que no me gustan. Y, por supuesto, quiero decir, un ejemplo es el antisemitismo, cómo está empezando a crecer más en la derecha nacionalista, e incluso el racismo abierto. Pero es posible decir que no queremos el Islam en Europa y que es incompatible con Europa. Es posible decir eso sin convertirse en racista y decir que otras razas son inferiores. Así que vemos algo de eso, por desgracia.
Pero la contrarreacción no me preocupa tanto porque: creo que la contrarreacción es tan necesaria que merece la pena pagar un cierto precio; y también porque creo que eso es algo que probablemente se irá suavizando con el tiempo, no sin algunos daños por el camino, por desgracia. Pero, incluso con ese precio de un aumento del racismo y el antisemitismo, seguiría diciendo que necesitamos tener esta contrarreacción. TLD.
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Me gusta el artículo, pienso que advierte, con razón y argumentos, de una crisis social "inevitable y necesaria", a la vez, en nuestras democracias europeas.