Teorías pseudoconspiratorias en las instituciones
Eric Kaufmann, profesor de la Universidad de Buckingham y autor de ‘The Third Awokening‘ o “El Tercer Despertar” (Ed. Bombardier, 2024).
Eric Kaufmann (Hong Kong, 1970), profesor de la Universidad de Birmingham, analiza en ‘Tras la identidad’ la evolución, por oleadas, de lo que se ha venido a llamar “justicia social crítica”, “síntesis identitaria” o “woke”. Dicho fenómeno, que Kaufmann llama “socialismo cultural”, por actual que resulte, es deudor del activismo izquierdista desde los años 60.
Según Kaufmann, entonces ya hubo cancelaciones, explotaciones emocionales sobre la razón en debates nacionales y, en suma, la subversión del liberalismo. Kaufmann, cuyo último libro ‘The Third Awokening‘ o “El Tercer Despertar” (Ed. Bombardier, 2024) constituye un sólido análisis sobre lo ‘woke’, señala a socialistas reformistas, socialdemócratas y liberales de izquierdas.
¿Por qué habla usted de un “tercer despertar” en su libro?
Porque creo que estamos en una tercera ola. Hay un conjunto más o menos similar de ideas —no exactamente las mismas, pero bastante parecidas— que ha estado animando la política activista de izquierdas desde la década de 1960. A finales de los sesenta se vio, por ejemplo, el auge de la ‘affirmative action‘ [“discriminación positiva”, ndlr.]. También se vieron actos de ocupaciones ilegales de edificios a cargo de estudiantes, incluidas huelgas en torno a cuestiones raciales. Ya entonces se decía: “la Universidad de San Francisco debe contratar a tantos profesores negros y admitir a todos los estudiantes negros”. Ya existía este discurso racial. Es más, acabo de tener constancia de que, aparentemente, ya en los años sesenta había personas que decían que William Shakespeare era racista y ese tipo de cosas.
Lo woke es la sacralización de determinados grupos
Luego está la segunda ola del feminismo, que hablaba del patriarcado. Eso ya estaba ocurriendo a finales de los sesenta. Entonces también se produjeron las primeras cancelaciones. Hubo un informe sobre la familia negra que fue retirado en 1965 [también llamado “Informe Moynihan”, al ser elaborado por el sociólogo, empleado del Departamento de Trabajo de Estados Unidos y posteriormente senador del Partido Demócrata, Daniel Patrick Moynihan, ndlr.]. También hubo un profesor, Arthur Jensen, que trabajó sobre inteligencia y raza, al que rajaron las ruedas del coche y cuyos colegas escribieron cartas abiertas contra él en los periódicos a finales de los años sesenta.
¿Qué ocurre en esta tercera ola de la que habla su libro?
Lo que ocurre ahora es que todo lo anterior es mucho más común. La tercera ola ha añadido algo sobre lo trans, quizá. Pero básicamente las ideas giran en torno a la raza, el sexo, el hecho de ser mujer, y luego la sexualidad —el tema gay y lésbico—, que aparece un poco más tarde. Estos son realmente los puntos de referencia de lo que se llama “políticas de identidad”. Y ese contenido ya estaba presente en las primeras olas, aunque el término “política de identidad” sólo empezó a utilizarse, probablemente, en los años setenta. Pero prácticamente todo lo que vemos ahora estaba ya en gran medida presente en los sesenta, por ejemplo, también, las reacciones muy emocionales y la sacralización de las minorías. Y eso de que si dices algo o haces algo que pueda resultar ofensivo has cometido blasfemia y debes ser cancelado. Esa actitud ya existía, sólo que no se daba a la misma escala. Antes ocurría en unos pocos lugares. La locura estaba en la Universidad de California en Berkeley y en ciertos consejos escolares, pero no en todo Estados Unidos.
El liberalismo como movimiento avanza en una dirección muy izquierdista en el siglo XX, y especialmente en el ámbito cultural, donde no hay límites reales ni barreras que contengan el igualitarismo liberal.
Fue en la segunda ola, a finales de los ochenta y principios de los noventa, cuando surgió la expresión “corrección política”. Yo fui a la universidad entonces, y era muy consciente de estos debates. Éstos fueron alimentados, entre otras cosas, por obras como The Closing of the American Mind, de Alan Bloom, una crítica de la cultura terapéutica, en la que el objetivo es la protección emocional del individuo. Luego, también hubo una posición ofensiva contra la civilización occidental. Recordemos que en la Universidad de Stanford se cantaba eso de “hey-ho, Western Civ has got to go” [“hey-ho, la civilización occidental tiene que acabar”, ndlr.]. Se empezó a usar el término “eurocéntrico” y esta idea de los “hombres blancos, mejor muertos”,... ese tipo de cosas.
Y también estaba presente el feminismo y la narrativa sobre la relación entre hombres y mujeres. De nuevo, en la segunda ola, raza, género y orientación sexual eran los elementos sagrados. Y eso es realmente lo que es lo woke: la sacralización de determinados grupos. Los mitos en torno a sus luchas se convierten en mitos sagrados para la izquierda, pero, además, en cierta medida, intentan imponerlos al país para que se conviertan en la identidad nacional. Eso es lo que ha ocurrido con Canadá bajo el primer ministro Justin Trudeau: la identidad de la izquierda pasa a ser la identidad nacional.
¿Hablamos de un fenómeno iliberal? En su libro usted utiliza la expresión “liberalismo negativo” para referirse a lo ‘woke‘.
El liberalismo negativo tiene que ver con el liberalismo procedimental; tiene que ver con la tolerancia. Claramente, lo woke está en contra de eso. Lo que yo sostendría es lo siguiente: ¿es lo ‘woke‘ un movimiento liberal? Depende. No es un movimiento liberal. Pero hay un movimiento, una filosofía llamada liberalismo, que trata sobre los derechos individuales, la libertad de expresión y todas esas cosas positivas. Y luego hay, por otro lado, un movimiento político y social llamado liberalismo, que no es lo mismo, y que ha introducido de forma subrepticia muchas ideas de izquierdas bajo la bandera del liberalismo.
Por ejemplo: que no basta con tener libertad de expresión, que debemos tener igualdad de oportunidades para hablar, y por tanto tenemos que restringir la expresión de algunos grupos poderosos para permitir que los grupos más débiles hablen. Pero eso no es libertad de expresión. Evidentemente no lo es; es una especie de retorcimiento semántico del concepto de libertad de expresión. Así que el liberalismo como movimiento avanza en una dirección muy izquierdista en el siglo XX, y especialmente en el ámbito cultural, donde no hay límites reales ni barreras que contengan el igualitarismo liberal.
La Teoría Crítica se basa precisamente en estas estructuras ocultas e imaginarias que deben ser derrocadas de manera revolucionaria.
Y por eso creo que merece la pena distinguir entre los marxistas culturales, que dicen que todo gira en torno a opresores y oprimidos y que hay que derrocar el sistema de manera revolucionaria —el sistema del patriarcado, el sistema de la supremacía blanca—. Eso está ahí, por supuesto. Toda la Teoría Crítica se basa precisamente en estas estructuras ocultas e imaginarias que deben ser derrocadas de manera revolucionaria. Pero también existe este liberalismo de izquierdas, que es realmente la forma que adopta el liberalismo en el siglo XX: no el liberalismo clásico, sino el liberalismo de izquierdas dominante. Es el liberalismo que dice: “no queremos derrocar nada, sólo necesitamos cambios incrementales. Necesitamos más diversidad. Necesitamos menos blancos. Necesitamos ser menos blancos, menos hombres. Y necesitamos ser más iguales”. En esta lógica, siempre hay que ir más allá, de modo incremental. La verdad es que no hay límites a sus demandas. Y así, el liberalismo de izquierdas acaba convergiendo bastante bien con el marxismo cultural revolucionario. Son cosas distintas, pero ¿son fieles a los principios del liberalismo? No. En mi opinión, utilizan la etiqueta “liberal”, que ha llegado a significar “liberalismo de izquierdas”, en el siglo XX.
Los marxistas culturales importan algo, pero no son el principal motor. El principal motor es este liberalismo de izquierdas.
Recuerdo haber tenido esta conversación con Yascha Mounk: hay que distinguir entre el liberalismo como conjunto de principios y el liberalismo como movimiento social y político. Y creo que es en este segundo sentido donde diría que sí, que el liberalismo es en gran medida responsable de lo que vemos hoy, más que los marxistas culturales. Los marxistas culturales importan algo, pero no son el principal motor. El principal motor es este liberalismo de izquierdas. Otro componente de este liberalismo de izquierdas es una especie de culpa —“la culpa del hombre blanco”— y también una preocupación dominante por el daño y el humanitarismo. Así que ahora cualquier cosa que pueda dañar emocionalmente a alguien es considerada intolerable. En esta lógica, se imagina que existen estas minorías muy frágiles y traumatizadas que deben ser envueltas en algodón, protegidas mediante códigos del lenguaje y restricciones a la expresión. Eso forma parte más del liberalismo que de la tradición marxista. Existe una racionalización marxista cultural. Pero no creo que de ahí provenga la principal energía del fenómeno.
Los liberales clásicos no pudieron frenar esta concepción izquierdista del liberalismo que acabó imponiéndose. ¿Qué cree que ocurrió exactamente?
En lo que podríamos llamar “socialismo reformista” o “socialdemocracia” creo que muchas de las ideas liberal-izquierdistas echaron raíces. Buscaron apropiarse del término “liberal” y tuvieron éxito. En Estados Unidos, el término “liberal” significa ahora “izquierdista”. Ese es el resultado de un proceso de cien años en el que estos “socialdemócratas” se han llamado a sí mismos “liberales”. Por supuesto, tenían algunas ideas liberales. No querían el control marxista estatal de los medios de producción. Querían democracia. Favorecían la libertad constitucional. Eran liberales, en cierto sentido, pero al mismo tiempo acabaron violando muchos de los principios del liberalismo. Respecto a la libertad de expresión, por ejemplo, tienen una disposición a violarla por su igualitarismo humanitario. Piensan que ciertos grupos no pueden ser ofendidos porque son demasiado frágiles para participar en un régimen de libertad de expresión. Y eso proviene de esta tradición liberal igualitaria.
Una vez aceptas que hay que moderar los derechos de propiedad mediante el Estado del bienestar, pasas luego al ámbito cultural y dices: “bueno, ya hemos restringido la libertad de propiedad, ahora podemos restringir la libertad de expresión en nombre de algún tipo de igualdad”. Y ahí es, creo, de dónde viene todo esto.
Hubo una evolución lenta, que en parte comenzó como una justificación del Estado del bienestar frente al capitalismo puro basado en derechos de propiedad. Empezó como un debate económico, porque las cuestiones identitarias eran menos centrales en el desarrollo filosófico. Pero una vez se acepta que necesitamos un Estado del bienestar —idea con la que estoy de acuerdo—, llamarlo liberalismo es incorrecto, en mi opinión. Una vez aceptas que hay que moderar los derechos de propiedad mediante el Estado del bienestar, pasas luego al ámbito cultural y dices: “bueno, ya hemos restringido la libertad de propiedad, ahora podemos restringir la libertad de expresión en nombre de algún tipo de igualdad”. Y ahí es, creo, de dónde viene todo esto.
¿Fueron secuestradas las palabras “liberal” y “liberalismo”?
En la historia alemana, los liberales estaban más bien a la derecha. En Australia, los partidos liberales están a la derecha. Económicamente, el libre mercado y ese enfoque libertario se consideran liberalismo. Pero el término se ha retorcido tanto que, en Estados Unidos, “liberal” simplemente significa “izquierdista”. Así que siempre hay que distinguir entre el mundo de los principios coherentes y el mundo de las insignias identitarias y los eslóganes, y preguntarse qué quiere decir la gente cuando usa esa palabra.
Cuando se dice: “los blancos tienen más riqueza que los negros”. Se parte de la disparidad y luego se busca una explicación: “debe haber algún tipo de colusión para discriminar”. Tiene la misma estructura que una conspiración antisemita. Nada de esto es medible ni verificable.
Usted habla en su libro de “socialismo cultural”. Otros usan expresiones como “justicia social crítica”, “wokismo” o “síntesis identitaria”.
El socialismo significa básicamente igualdad de resultados. En lugar de igualdad de resultados entre clases o individuos, es igualdad de resultados entre razas y entre sexos. Si piensas en uno de los impulsos clave de las políticas y programas DEI —Diversidad, Equidad e Inclusión—, todo gira en torno a cuotas. Y cada vez que hay una disparidad, eso significa que existe discriminación a nivel sistémico. Ahí es donde entra la parte del socialismo cultural. Este énfasis en prevenir el daño está más presente en la versión socialdemócrata y reformista del socialismo; en el marxismo clásico no importa eso. Así que no procede realmente del marxismo, pero esta idea de protección frente al daño forma parte de esta ideología. Dicen: “hay que impedirte hablar para que no dañes a alguien”. Es una parte de esta mentalidad de justicia social, pero no se vincula fácilmente al marxismo. El argumento de James Lindsay, según el cual este fenómeno consiste simplemente en sustituir el software de la lógica opresor-oprimido por el código identitario, es cierto. Pero no lo explica todo. Creo que la protección terapéutica frente al daño, más asociada al liberalismo y a la socialdemocracia es una parte más importante de la historia.
Usted sostiene que conceptos como “racismo estructural”, “misoginia estructural”, etc., son teorías pseudoconspiratorias.
Exacto. Si observas la estructura de algo como una conspiración antisemita o masónica, suele partir de un patrón simple: “los judíos ganan más dinero, están sobrerrepresentados en la banca, en relación con su proporción poblacional”. A partir de esa disparidad se infiere que debe existir algún tipo de colusión o manipulación del sistema. Así se explica su éxito relativo. El mismo proceso se da cuando se dice: “los blancos tienen más riqueza que los negros”. Se parte de la disparidad y luego se busca una explicación: “debe haber algún tipo de colusión para discriminar”. Tiene la misma estructura que una conspiración antisemita. Nada de esto es medible ni verificable. En la Teoría Crítica de la Raza, conceptos como “blancura”, “supremacía blanca” o “racismo sistémico” vienen a significar lo mismo: “los blancos han diseñado un sistema que les beneficia y oprime a otros grupos”.
Estas teorías pseudoconspiratorias han logrado infiltrarse en las instituciones
Como teoría, está bien plantear una hipótesis. Pero, como diría Karl Popper, para que algo sea una teoría debe ser potencialmente falsable. Debe poder medirse y contrastarse con la realidad. La Teoría Crítica de la Raza no es falsable ni verificable, porque habla de una estructura invisible, como en la película Matrix. Nunca se mide de manera independiente para demostrar que causa la disparidad, y no se consideran otros factores como la estructura familiar o los valores culturales. Así que es un conjunto de palabras, una gran teoría que no puede someterse a prueba científica, y que acaba funcionando como una especie de relato en el que todos los blancos son culpables y cómplices. Es una ideología sectaria: no puede ser cuestionada. Si la cuestionas, eres culpable. Se parece más a la Iglesia de la Cienciología que a una teoría científica. Y lo importante es que estas teorías pseudoconspiratorias han logrado infiltrarse en las instituciones.
Alude ahora a la pérdida de neutralidad institucional. ¿Existe el riesgo de que la derecha adopte también políticas identitarias propias y de que haya una “derecha woke” en las instituciones?
Eso es lo que se llama posliberalismo. Hay conservadores que creen que la neutralidad es imposible. Gente como Chris Rufo piensan así. Yo creo que es un error. Comparto la idea de que hay que politizar los medios —nombramientos, control—, pero los fines deben ser neutrales. Los medios pueden ser políticos; los fines no. Debe existir un espacio neutral o equilibrado, con valores de consenso como la lealtad al país. La enseñanza de la historia debe ser equilibrada: orgullo y verdad, con contexto. Si se enseña la esclavitud, debe enseñarse en su contexto histórico global, no de forma aislada. Defiendo la neutralidad y el equilibrio como objetivos posibles y deseables.
En su libro sobre “el tercer despertar”, propone una solución al problema creado por este fenómeno. ¿En qué consiste?
A corto plazo, el problema es que alrededor de dos tercios de la población no está de acuerdo con las ideas woke, y, sin embargo, esas ideas dominan todas las instituciones públicas. Es un problema democrático. La cuestión es: ¿Cómo lograr que la voluntad de la mayoría democrática prevalezca dentro de las instituciones de élite, desde escuelas, hospitales y policía hasta artes y museos? Los conservadores deben luchar para expulsar estas ideas culturales de izquierdas de las instituciones. Es una cuestión democrática. Deben centrarse más en la cultura doméstica y menos en cuestiones como el libre mercado o la política exterior, que son más fáciles de tratar porque no conllevan acusaciones de racismo o sexismo. Los problemas urgentes están en el ámbito cultural interno.
Dos tercios de la población rechazan cuotas raciales y declaraciones obligatorias de diversidad, pero los partidos han tenido miedo de actuar por temor a ser tachados de racistas. Eso está empezando a cambiar.
El apoyo al patriotismo y a la libertad de expresión está cayendo entre los jóvenes. El sistema escolar debe convertirse en el principal campo de batalla. Las universidades, la financiación cultural y las políticas DEI deben ser revertidas. Los conservadores deben redefinir sus prioridades culturales. Además, una vez en el poder, deben actuar y politizar estas instituciones para someterlas al escrutinio democrático. Sólo así puede frenarse la revolución cultural.
En Estados Unidos ya estamos viendo esto, con bastante éxito, especialmente en la eliminación de DEI en universidades y empresas. Esto debe continuar hasta que las instituciones sean políticamente neutrales. También se necesitan grupos de presión entre elecciones para exigir rendición de cuentas a los políticos de centro-derecha. No se puede permitir la entrada de lo woke en la derecha. Dos tercios de la población rechazan cuotas raciales y declaraciones obligatorias de diversidad, pero los partidos han tenido miedo de actuar por temor a ser tachados de racistas. Eso está empezando a cambiar, pero debe cambiar más, especialmente fuera de Estados Unidos. TLD.
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