Alejo Schapire (Buenos Aires, 1973), periodista y ensayista, lleva ya años denunciando lo que llama “wokismo”, donde se amalgaman actitudes y posturas intelectuales que él asocia a un fenómeno de autoodio en Occidente. A su entender, esta geografía ha sido secuestrada por estos odiadores. Esa es en parte la tesis de su último libro “El secuestro de Occidente” (Ed. del Zorzal, 2024), en el que también hay espacio, igual que en esta entrevista con ‘Tras la identidad’, para atisbar el fin de lo “woke”.
Su último libro se llama “El secuestro de Occidente”. ¿A qué se refiere cuando habla de Occidente?
A una geografía, a una civilización, a una cultura donde confluyen una historia, tradiciones filosóficas y religiosas de forma que permiten una visión del mundo que es particular y que no es la misma que en Oriente, porque tiene distintos puntos centrales. La tradición cristiana, la tradición judía y la herencia de la Ilustración tienen una historia. Creo que podemos establecer claramente, cuando hablamos de Occidente, que se trata de Norteamérica, en el sentido de Canadá y Estados Unidos, en alguna medida, América Latina, Europa, y podríamos agregar Australia y Nueva Zelanda.
“El ‘wokismo’ es una mirada a través de un prisma que privilegia la apariencia, el color de piel y las orientaciones sexuales como principal modo de entender las relaciones de fuerzas que hay en la sociedad”.
En su libro, usted mantiene que ese espacio está secuestrado. ¿Qué o quién ha secuestrado Occidente?
Las democracias liberales se encuentran con dos desafíos muy importantes. El primero es el islam, sobre todo, en su versión más política. Está planteando un desafío demográfico en Europa, algo que cada vez es más acuciante en Estados Unidos. Pero es también un desafío de poder económico a través de países como Catar, que quieren cada vez más tener una mayor influencia intelectual y un poder que se puede ver tanto a partir de sus canales como ‘Al Jazeera’ como en su influencia en las universidades estadounidenses. O a través también de los Hermanos Musulmanes. Justamente un reciente informe oficial en Francia mostraba hasta qué punto se ha producido este entrismo. Es decir, hay una infiltración de las sociedades a partir de lo que es la vida más local para ir conquistando espacios de poder. Ese es uno de los desafíos.
Estamos viviendo ahora el declive del ‘wokismo’
El segundo es otro desafío que viene del interior mismo de Occidente y que es lo que llamamos el ‘wokismo’, consistente en una mirada a través de un prisma que privilegia la apariencia, el color de piel y las orientaciones sexuales como principal modo de entender las relaciones de fuerzas que hay en la sociedad. En el ‘wokismo’ ya no hay una mirada marxista de lucha de clases, sino una lucha, por ejemplo, de razas. Es decir, el mundo no se divide ya necesariamente entre explotadores y explotados, a partir de quien maneja los medios de producción, sino a partir de buenos y malos.
El ‘wokismo’ pretende que el mundo fue construido hace cinco minutos y tiene una visión muy revisionista de la historia, donde se piensa que todos los males de toda la historia de la humanidad vienen del hombre blanco heterosexual.
En esta lógica, los malos opresores son los blancos heterosexuales, por un lado, y, por otro lado, todas las minorías, las víctimas oprimidas, son siempre buenas. Según esta manera de ver las cosas, los oprimidos son la gente que tiene la piel más oscura y una sexualidad que no es la del heterosexual.
¿Cuál ha sido la reacción de ese Occidente secuestrado al pogromo que fue el 7 de octubre de 2023, según recoge en su libro?
Para mí lo que pasó fue muy previsible. Porque lo que se vio en Estados Unidos y en las universidades, sobre todo de Francia y Reino Unido, incluso en Suecia, ya venían ocurriendo con menor intensidad. Pero lo que ocurrió fue la persecución de los estudiantes judíos, que se tomaran eslóganes de Hamás, que se hablara de honrar a lo que llamaban “nuestros mártires”, y que se llamara a erradicar a Israel con eso de decir: “desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”. Esa frase significa simplemente una limpieza étnica de judíos de esa parte del mundo. Era previsible, porque la kufiya palestina hace ya mucho tiempo que se ha convertido en la nueva camiseta del Che Guevara. Con ella, estos occidentales que tienen un profundo odio contra sí mismos, compran una visión del mundo donde los malos son sus propios países y sus propias historias.
Quieren expiar este pecado original, que en Estados Unidos vendría a ser la esclavitud, y que en Europa vendría a ser la colonización. Me refiero a chicos a los que se les ha dicho, desde los textos escolares y desde pequeños, que todo lo que tiene que ver con el nacionalismo propio es fascismo y todo lo que tiene que ver con el nacionalismo y el islamismo en países del tercer mundo son movimientos de liberación.
“El wokismo’ -una ideología que abreva principalmente en la Teoría Crítica de la Raza (TCR) y los estudios de género- sólo podía desembocar en este tipo de manifestaciones antisemitas”
Lo han aprendido extremadamente bien y piensan que a través del odio hacia Israel pueden expiar sus propios pecados de blancos de Occidente. En todas estas manifestaciones que hemos visto en los lugares más elitistas de Estados Unidos, donde se han fabricado esto que se ha dado a llamar el “wokismo” -una ideología que abreva principalmente en la Teoría Crítica de la Raza (TCR) y los estudios de género- sólo podía desembocar en este tipo de manifestaciones antisemitas. Es una nueva versión de antisemitismo porque ya no se culpa a los judíos por ser los parásitos apátridas o de haber matado a Jesucristo como en el antisemitismo tradicional, sino que en este nuevo tipo de antisemitismo, que se hace llamar antisionismo, retoma bastantes tópicos del viejo antisemitismo. Estos tópicos se han vuelto moneda común tanto en las universidades occidentales como notoriamente en los gobiernos de países como Colombia o España.
En el activismo propalestino que hemos visto por la guerra de Israel contra la organización terrorista Hamás hay reflejos de aquel activismo que hubo en 2020 a cuenta de la muerte de George Floyd, que desencadenó protestas muy violentas. ¿No le parece?
Hablé hace poco con Andrew Doyle, el ‘padre’ de Titania McGrath y autor de éxito sobre estas cuestiones. Él habla de la “omnicausa”. Está encarnada sobre todo con una persona paradigmática que es Greta Thunberg. Ella ha pasado de la ecología radical al ‘Black Lives Matter’ y ahora se pasea con una kufiya palestina por todas partes. No es nada casual que ella haya pasado por todos esos movimientos. Hay que buscar cuál es el denominador común: el autoodio. El autoodio de Occidente, que es visto en esta ideología como un criminal de la historia. Hay algo que tiene el wokismo que es que pretende que el mundo fue construido hace cinco minutos y tiene una visión muy revisionista de la historia, donde se piensa que todos los males de toda la historia de la humanidad vienen del hombre blanco heterosexual. Eso es ignorar en el tema de la esclavitud lo que ha sido la trata en el mundo árabe musulmán o la trata intraafricana que a día de hoy sigue existiendo.
Cada vez que fue implementada la receta comunista resultó invariablemente en un Estado policial
También es ignorar que el término esclavo viene de eslavo, e ignorar cosas de manera caricaturesca. Lo más caricaturesco lo encontramos en ‘Queers for Palestine’, es decir, colectivos que luchan contra el heteropatriarcado blanco y a favor de la inclusión pero apoyando a Hamás, aún sabiendo que serían los primeros que serían arrojados de una terraza como hace Hamás o el Estado Islámico. Tanto en Hamás como en el Estado Islámico piensan que esa gente sólo merece morir. Pero han hecho del ‘wokismo’ su caballo de Troya contra Occidente. Porque hay una alianza contra natura entre el ‘wokismo’ y el islamismo. Los occidentales son los idiotas útiles que sirven como caballo de Troya para hacer penetrar las versiones más radicalizadas del racismo, el machismo y la intolerancia en nombre del antirracismo, la tolerancia y la diversidad e inclusión. Es una locura absoluta, algo suicida, un absoluto síndrome de Estocolmo.
Usted habla de “secuestro de Occidente”, pero los hay que llaman a lo que ha pasado ‘Revolución cultural’. ¿Qué reflexión hace usted al respecto?
Lo que ha pasado es, simplemente, que en un momento dado en los años 60 y 70, y muy fuertemente en los años 80, cuando se volvió evidente el fracaso del proyecto socialista y que el experimento marxista había fallado en todos lados y se derrumba el muro de Berlín, la izquierda quedó derrotada ideológicamente. Hubo una derrota en muchos campos, en el campo armamentístico, pues dejó de existir la amenaza soviética que perdió la Guerra Fría, económicamente, pues se quedó sin quien la financie, ideológicamente, se empezó a saber lo que fue el ‘gulag’ y que cada vez que fue implementada la receta comunista resultó invariablemente en un Estado policial.
“Hay un trasfondo de lucha entre dos izquierdas, esa vieja izquierda que apuntaba de manera universal a una emancipación de todos y donde la religión era algo visto como una opresión oscurantista, y una izquierda que es otra cosa, muy relativista en lo cultural, donde se juzga negativamente toda valoración considerada desde una perspectiva blanca. Me refiero a esa izquierda que dice que hay que validar si el tercer mundo reacciona frente al imperialismo occidental a través del islam”.
En esta receta, una vez aplicada, la gente siempre acababa corriendo para el mismo lado. Los de Corea del Norte corren para Corea del Sur, los de Berlín Oriental corrían para Berlín Occidental, los de Cuba a Miami. Nunca es en el sentido contrario. Se volvió muy evidente que la izquierda necesitaba rehacerse. Necesitaban una nueva piel. Y la fueron a encontrar, no el campo, ni en los sindicatos ni demás, sino en las universidades, donde se atrincheraron muchos. Y es a través principalmente de los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, donde empieza a generarse una nueva ideología que va a tomarle prestadas muchas cosas al postestructuralismo francés de gente como Michel Foucault o Jacques Derrida y que regeneraron un discurso dentro de la izquierda y que ya no van a centrarse más en la vieja dicotomía, es decir, en explotadores y explotados a partir de una lectura económica o economicista del mundo.
Esta nueva izquierda se dedicó a hacer una lectura racialista que está mucho más enfocada en los movimientos de descolonización que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial y mucho más enfocada en las temáticas de minorías étnico-sexuales. Esto tiene también un trasfondo de lucha entre dos izquierdas, esa vieja izquierda que apuntaba de manera universal a una emancipación de todos y donde la religión era algo visto como una opresión oscurantista, y una izquierda que es otra cosa, muy relativista en lo cultural, donde se juzga negativamente toda valoración considerada desde una perspectiva blanca. Me refiero a esa izquierda que dice que hay que validar si el tercer mundo reacciona frente al imperialismo occidental a través del islam.
“La victoria de Trump y su regreso al poder es algo por lo que nadie apostaba, y se debe en una gran medida a esta batalla cultural. Pero quienes hemos denunciado el ‘wokismo’ durante mucho tiempo no somos ingenuos y sabemos que esto forma parte de un movimiento pendular que se llama ‘wokismo’ de derecha”.
Esta izquierda empieza a pensar que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, y así comienza a crecer esta nueva ideología, que cuando llega gente como Greta Thunberg está en pleno auge y va a dispararse muchísimo con el caso de George Floyd. En Estados Unidos parecía que los había que estaban esperando a esta ideología desde hacía tiempo, porque estaba muy incrustada en los estudios culturales, sobre todo, en la literatura. Piense en Harold Bloom, por ejemplo, quien ha descrito como en las universidades estadounidenses de mayor prestigio había un desprecio absoluto por Shakespeare y por todo lo que hoy es llamado como la cultura del hombre blanco y demás. De las universidades estas ideas no han hecho más que transferirse a otras áreas, como los medios o la administración.
¿Cómo ve usted la situación en Europa respecto a este problema que describe en Estados Unidos?
Creo que hay que ir al fondo de la cuestión, que es la siguiente: estamos viviendo ahora el declive del ‘wokismo’. Porque había alcanzado su auge desde movimientos muy marginales. Pero desde lugares clave, desde lugares de élite, desde lugares privilegiados en la universidad, en los medios, o en los productores de la cultura masiva. Todo lo que se ha visto muy evidente en ‘Netflix’ y en todas estas plataformas donde todos los clásicos son reprocesados y rerepresentados a los públicos. Porque todo está ahora bajo este parámetro de que los personajes tienen que ser todos de colores, aunque el producto luego resulte completamente anacrónico, ahistórico y cosas como el lenguaje inclusivo. Es decir, podemos hacer un inventario de hasta qué punto esta ideología se metió en todas partes y entró en crisis en un momento dado.
“Pienso que, cuando esto empezó a afectar a los niños, con la infancia trans y con las terapias de esterilización, el tratamiento de hormonas, operaciones quirúrgicas, algunas veces a espaldas de los padres de esos niños, se metieron con cosas muy delicadas”
Pienso que, cuando esto empezó a afectar a los niños, con la infancia trans y con las terapias de esterilización, el tratamiento de hormonas, operaciones quirúrgicas, algunas veces a espaldas de los padres de esos niños, se metieron con cosas muy delicadas. Cuando se empezaron a meter en la obligación de aceptar a las mujeres trans en los baños, se llegó a un punto donde la gente decidió no callarse más. Llegó un punto donde a la gente empezó a darle igual que la cancelaran. Hemos visto que estos activistas empezaron a meterse con cosas muy delicadas, con los niños, con las atletas. De repente, mujeres no se subían más a lo más alto del podio porque alguien que era número 400 en natación masculina pasó a ser el primero al competir con mujeres.
Empezábamos a estar en un estado de las cosas donde se habían cruzado muchas líneas rojas y esto fue entendido perfectamente por gente como Donald Trump. Su victoria y su regreso al poder es algo por lo que nadie apostaba, y se debe en una gran medida a esta batalla cultural. Pero quienes hemos denunciado el ‘wokismo’ durante mucho tiempo, no somos ingenuos y sabemos que esto forma parte de un movimiento pendular que se llama ‘wokismo’ de derecha. Es decir, un movimiento identitario que está atacando ahora al ‘wokismo’, pero no desde una perspectiva liberal, sino desde un tradicionalismo 2.0.
Todo esto lo está impulsando la vieja izquierda “come curas”, la que decía que la religión era un oscurantismo que servía de opio de los pueblos
Entre tanto, J.D. Vance y Elon Musk tienen razón en decir que no es normal que en Reino Unido estén arrestando a gente por tuits. Ha habido otros casos donde la policía llega y empieza a revisar las bibliotecas de las personas y un libro de Douglas Murray de repente es suficiente para incriminar. Eso no es el Reino Unido liberal. Ese es un país que como otros en el norte de Europa están convirtiendo nuevamente a la blasfemia en un crimen cuando se trata del islam. Entonces, sí, la crítica que hace Vance acerca del retroceso de la libertad de expresión es absolutamente acertada y legítima. Eso no quiere decir que los planes que tiene gente como J.D. Vance se alineen con una tradición liberal de libertad de expresión. Tienen su propia agenda que va por otro lado.
Por aludir a la política continental, en Alemania, entre 2021 y 2025, hubo ministros del partido Los Verdes. Dos de ellos eran el ministro de Economía y vicecanciller, Robert Habeck, y la ministra de Exteriores, Annalena Baerbock. Los dos sumaron en menos de tres años unas 1. 300 denuncias contra personas que habían dicho cosas contra ellos en redes sociales.
Lo que está pasando con la libertad de expresión es realmente un problema. Y lo perverso de esto es que se hace en nombre de un concepto extremadamente difuso que ningún país europeo logra definir del mismo modo que es el discurso de odio. Incluso tengo entendido que, por ejemplo, en Escocia, han definido legalmente el odio como odio, usando una tautología. Y dan por entendido que un sentimiento se convierte en un crimen. Y eso es extremadamente problemático porque la ambigüedad y elasticidad del concepto te permite criminalizar la palabra del que no está de acuerdo contigo. Y eso va absolutamente a contramano de la tradición occidental que es, justamente, el mercado de ideas.
La islamofobia es simplemente un concepto popularizado por el régimen de Irán para impedir cualquier crítica legítima hacia una religión.
No olvidemos que la ACLU, la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, fue fundada por un judío, [Morris Ernst, ndlr.], que abogó porque los nazis pudiesen manifestarse en las calles. Primero para que no se convirtiesen en mártires y, segundo, para poder discutir y mostrar que no tenían razón. Y sobre todo porque si usted garantiza eso, está garantizando el derecho de todo el mundo a expresarse. Y lo que estamos viendo es el invento de nuevos conceptos muy manipulables. El discurso de odio es uno, la islamofobia es otro. La islamofobia es simplemente un concepto popularizado por el régimen islámico de Irán para impedir cualquier crítica legítima hacia una religión. Y todo esto lo está impulsando la vieja izquierda “come curas”, la que decía que la religión era un oscurantismo que servía de opio de los pueblos. TLD.
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